Hoy 7 de junio: Bolognesi, Saenz Peña y “los deberes sagrados”

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Don Francisco Bolognesi

“Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho…” Frase de Don Francisco Bolognesi. Frase fundamental. Frase de vida. Frase de gloria. Frase que marca un camino.

Siempre me gustó la frase. Desde que me la enseñaron en primaria la recuerdo, aunque no con tanta frecuencia. Me parece que es una frase que debe retratar nuestro andar por la vida. Frase pronunciada en un momento crucial, decisivo.

Considerando que este año se conmemoran los 200 años del natalicio de Francisco Bolognesi, no voy a ponerme a hacer un resumen de su biografía, sino que haré algunas reflexiones sobre su famosa frase.

¿Qué hubiera pasado si la noche anterior a la batalla de Arica, Bolognesi y su cuerpo de oficiales se rendían? Hubieran pasado todos por cobardes. ¿Se hubiera respetado su decisión? No, de ninguna manera y hubieran quedado señalados por todos como unos cobardes. ¿Se hubiera aceptado su decisión? Tal vez…

Me puse a buscar el discurso que pronunciara el Gral. Roque Saenz Peña en la inauguración del monumento al héroe, en 1905, luego de que un amigo me comentara de su existencia. La idea de este post la tengo desde febrero más o menos, pero solo desde hace unos días me puse a buscar seriamente el discurso. Encontré varios versiones del mismo, hice algún cruce de información y pongo el que me parece la mejor versión. Prometo seguir buscando.

En este discurso Roque Saenz Peña, argentino, expresa su admiración por el coronel Bolognesi, lo ensalza y lo coloca en la gloria.

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Fotografía supuestamente momentos antes de la batalla de Arica. Se presenta a Bologanesi y su cuerpo de oficiales. Roque Saenz Peña es el primero de la izquierda. Aunque lo más probable es que sea una representación teatral montada a fines del siglo XIX y que se inspirara en el cuadro “La Respuesta” de Juan Lepiani.

“También tiene el significado del más puro simbolismo la inauguración en Lima, el 5 de noviembre de 1905, del monumento de Bolognesi, en la plaza que lleva su nombre, obra del escultor catalán Agustín Querol, que es modificada bajo el gobierno de Odría. Para la solemne ceremonia, viene el gran argentino Roque Saenz Peña, con rango de general del ejército peruano. Está vestido con pantalón blanco y botas de granadero. Para el desfile militar, recibe el mando de línea. Delante de la estatua de su antiguo jefe, la emoción le impide leer el discurso que trae escrito, y se limita a decir: ‘Presente, mi coronel.’“(1)

Pero queda para la posteridad el discurso no pronunciado, aunque diversas fuentes dicen que sí lo pronunció. Aquí sus palabras:

“¡MI CORONEL BOLOGNESI!

Uno de tus capitanes vuelve de nuevo a sus cuarteles, desde la lejana tierra atlántica llamado por los clarines que pregonan tus hechos esclarecidos, desde el Pacifico hasta el Plata y desde el Amazonas hasta el seno fecundo del golfo de México, que le presta su acústica sonora para repetir tu nombre sobre otras civilizaciones y otros pueblos que nos han precedido, en la liturgia de la gloria y en el culto de los próceres y de los héroes; yo vengo sobre la ruta de mi consecuencia, siguiendo la estela roja de mi coronel, fulgor de grana que conmovió al pacifico con las tempestades de la guerra, que hoy contempló alumbrada por los resplandores de la paz en el fausto concierto de la gratitud y en la marcha triunfadora del engrandecimiento nacional.

Regreso con distancia de un cuarto de siglo, pero vuelvo sin olvidos y sin retardos, porque llego en la hora justa de tu apoteosis, que tampoco la posterga la lentitud de tu pueblo, ni trataron de omitirla las nuevas generaciones que recibieron bajo el casco guerrero de su progenitores el ósculo final de la partida, brindando las mescladas sonrisas de la orfandad al culto perenne de la patria, a su defensa y a su integridad y si han sido necesarios cinco lustros para modelar tu efigie en la pasta candente de los inmortales, es porque los grandes hechos que consagran los pueblos agradecidos, deben ser definitivos, indiscutidos e infalibles, y este juicio solemne y supremo solo puede pronunciarlo la posteridad, porque la gloria es un fruto de lenta maduración, que no han de fecundarlo los mismos soles que le vieron florecer.

Llegamos pues a honrar los actos que te dieron el renombre en la hora justa y en su momento histórico, cuando ya no gravitan sobre la tierra, sino escasos eslabones de tu generación y pueden contarse sin esfuerzo los soldados inválidos de epopeya, diseminados y dispersos como las tablas de la nave que desunió con furia la tempestad, para recomponerse sobre la playa hospitalaria en la mañana serena y en las horas del día que disipan y calman los huracanes, son en efecto otros hombres los que me es dado mirar al pie de tu monumento, son otras fisonomías las que me estrechan la mano y me confunden en un abrazo popular y efusivo, a titulo de amigo tuyo, como si fuera el portador de tu palabra postrera, depositario de tu voluntad suprema, confidente o mensajero de tus anhelos y designios, pero aquí se encuentran todos tus sobrevivientes, que recibieron el ejemplo de tus virtudes cívicas, tus enseñanzas de honor militar y el deber austero y probo que consumó tu inmolación, ellos atestiguan como yo que en el fragor de la batalla, como en las inquietudes de la defensa y en la hora doliente del sacrificio, el coronel Bolognesi era un alma suspendida sobre el alma de su ejercito, para comunicarle sus alientos, su inspiración y su fe, era brazo y era ideal, patriotismo y deber, desprendimiento y heroísmo, que en las abstracciones de su mente como en la vaguedad de su mirada, dirigida mas sobre el firmamento que sobre la tierra, parecía hablar con la posteridad como con invisible interlocutor, que no escapaba al contacto ni a la visión patriótica de sus soldados cuando monologaba con la gloria o interrogaba el destino de su patria, reproduciendo sobre las altiveces del peñón bravío el dialogo interminable de los vientos y de las olas.

Señores

Lo conocí batallando sobre el cerro de Dolores, contraste que conmovió su espíritu y quebranto su cuerpo debilitado, ya por las fatigas de la marcha y por el duro batallar de aquella tarde sin sol para las armas del Perú, llego a Tarapacá y al desmontarse de su caballo de guerra cayó postrado por altísima fiebre, hasta que el nuevo toque de generala le hizo olvidar la congestión y sus delirios, quebrantando la consigna medica, tal vez la única consigna que no cumplió en su vida de soldado, trepo la altiplanicie y conquisto el laurel marcial que la adversidad le negara en san Francisco.

Fue en Arica donde me honro con su amistad, en esa relación intima de una guarnición bloqueada por las fuerzas de mar y estrechada en aro férreo por un ejercito de tierra, el servicio de guarnición fue pesado como el aislamiento que incomunico esas tropas con el resto, en esa vida cariñosa e intima del hogar militar, brotaron vínculos, crecieron los afectos como crecen las flores cultivadas en suelo generoso, la vida corrió grata en la fraternidad de la carpa y del vivac, el espíritu del jefe penetraba el interior de los cuarteles, doblaba la vigilancia, preparaba las armas y la defensa con serenidad no interrumpida, hasta la mañana del día 6 en que cruzo la débil corriente del Azapa un oficial parlamentario, la frente de Bolognesi se vio cargada de sombras como si todas las tinieblas se hubieran conglomerado ante la siniestra idea de una capitulación, llamo a la junta y cedió la palabra al parlamento y espero con arrogancia, mezclada de zozobra el voto de la defensa que no se hizo esperar, aquel fue mas que unánime, porque fue explosivo y estallo como la protesta de un agravio, para encender la frase histórica que debiera pronunciar el gentil hombre de cabellos nevados, de sable rojo y de espuelas punzadoras, hablo con los pesares disipados, con las zozobras borradas de su mente y el corazón desbordante de paternal orgullo, porque allí estaba para el la gran familia Peruana, reducida en el peñasco silencioso a sus verdaderos hijos de armas.

¡Pelearemos hasta quemar el último cartucho!

Provocación o reto a muerte, soberbia frase de varón, condigno juramento de soldado, que no concibe la vida sin el honor, ni el corazón sin el altruismo, ni la palabra sin el hecho que la confirma y la ilumina, para grabarla en el bronce o en el poema, como la graba y la consagra la inspiración nacional; y el juramento se cumplió por el jefe y por el ultimo de sus soldados, porque el bicolor Peruano no fue arriado por la mano del vencido sino despedazado por el plomo del vencedor, lo que vino después ya lo sabéis; el sacerdote de ese altar granítico, el guerrero y el señor de esas alturas, fundió en plomo su inmortalidad, esfumándose en los cielos y dejando en la sonrisa de su labio yerto la placida expresión de un varón justo, que ha rendido la vida en el sagrario y que abandona la tierra bendiciendo a su patria y a sus soldados.

Ningún corazón Peruano discutirá la conveniencia del esfuerzo heroico, la arrogante actitud de Bolognesi no se mide con el cartabón del éxito, ni con las mercenarias exigencias del calculo, ella se siente y se sueña, se realiza y se confunde con el alma de su progenitor, y es por eso que los lauros marciales de Bolognesi no tuvieron una gestación penosa, ni fueron fruto de una larga maduración, más que una foja de servicios comunes, es un fuerte contacto con el destino, un rayo de inspiración y de luz en la hora triste del crepúsculo, cuando el alma se repliega sobre si misma, cuando la naturaleza se vuelve silenciosa y la plegaria de la patria asoma al labio, con recogimiento y emoción así se consagra Bolognesi ese gesto sublime de tu vida militar.

Por eso las manos de tus soldados, te presentan las armas nacionales vencedoras en Tarapacá y vencidas en Arica, pero no rendidas y por eso la bandera bicolor sostenida por la mano de otras generaciones y otros hombres, flota al soplo y al aliento de la gratitud Peruana, saludando tu proeza y tus virtudes, las ultimas valen las primeras, porque la corona cívica discernida al ciudadano ni obscurece las palmas del soldado ni tampoco desmerece a su contacto, si la evolución de las ideas suprimiera el poder militar de las naciones, si la humanidad extirpara en un gran día los excesos de la guerra, si la voz de la razón constituyera con el alma democrática el patrimonio o el lema de nuestros pueblos, haciendo del arbitraje la noble magistratura de la familia latino americana, si la obra de los tiempos llegara a convencernos que las naciones llamadas a prevalecer no son las que cuentan más soldados, sino las que revistan mas obreros y mejores ciudadanos, ese gran desiderátum de los hombres de bien no conmovería tu estatua sobre su asiento de granito, porque la justicia, el estoicismo y el severo patriciado habrían sobrevivido a los perfiles marciales de tu efigie, y a cambio de soldado heroico te llamaríamos el primer ciudadano de tu tiempo si no fuera que la memoria de Grau vive.

Coronel Bolognesi

Tus sobrevivientes te saludan sobre el pentélico sagrado, porque la selección siniestra de la muerte decapita la flor y no la yerba, que ha de perecer también en el desgaste común de las vegetaciones imperfectas, pero todos rodeamos tu monumento y si he surcado dos piélagos para traerte la ofrenda de mi corazón, es porque tu noble patria tenia el derecho de exigir que no faltara a esta cita ninguno de tus soldados, y todos los que vivimos hemos dejado caer de nuestras manos los instrumentos de trabajo y desandando camino sobre la prosa de la vida, venimos a refrescar en el recuerdo que es la fuente de la juventud lejana, las horas gratas de tu dulce amistad y a sentir las emociones y regocijo de tu pueblo en esta fiesta nacional, porque los muertos ilustres no se lloran, se saludan, se aclaman y se veneran.

Mi coronel:

Recuerda vuestra benevolencia y recibid los homenajes de esta palabra amiga, de esta voz que no os fue desconocida, ultima sombra ensangrentada que miro tu pupila moribunda, ultima mano que estrecho la tuya en el altar trocado en vasto osario, que hoy te hace la venia saludando tu inmortalidad, te presenta estas armas que la juventud Argentina me ha entregado al partir, juventud que ama lo grande, como admira lo heroico, porque tuvo su cuna en los grandes ejércitos patriotas que trasmontaron los Andes y llegaron hasta el Ecuador en gloriosa cruzada libertadora, esa juventud no ha olvidado nuestra génesis, ni desestima su estirpe, busca la solidaridad, tiende los brazos a través de las cordilleras y los mares, para acercarse a ese pueblo generoso, que don José de San Martin declaro libre por la voluntad de los hombres y de la justicia de su causa defendida por Dios, se que en la hora solemne de vuestros recuerdos nacionales, nobilísimo pueblo del Perú, también laten vuestros corazones y también se agitan vuestras manos para saludar desde Lima a las nuevas generaciones de los hijos del Plata, pero estas armas que me honro en presentarte son también las de tu ejercito y de tu pueblo, porque las puso en mis manos el Congreso de tu nación con el grato asentimiento del congreso Argentino, donde se han vuelto a escuchar sentimientos y votos calurosos por la felicidad y grandeza del Perú.

Mi gran amigo, es tan intensa mi emoción como mi gratitud, asistiendo a tu apoteosis al frente de tu ejército, que el excelentísimo gobierno ha confiado a mi comando como un homenaje a ti, por la amistad con que me honraste pero que es también insigne honor y altísima distinción.

Señor presidente de la Republica Peruana

La expresión de mis afectos y de mis sentimientos en este día no quedaría completa, si no agregara los que debo y tributo a vuestro gobierno y a vuestra persona, al honorable congreso de la nación, a vuestro ejército y al nobilísimo pueblo del Perú.

He dicho.

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Lima, 1905: Recibimiento a Roque Saenz Peña

En 1910, Saenz Peña asume la presidencia de su país.

¿Y qué de extraordinario tiene que el General Roque Saenz Peña viniera a pelear por el Perú? En primer lugar, al venir a pelear por el Ejército peruano Saenz Peña fue despojado de su nacionalidad por luchar en las filas de un ejército extranjero, él justificó su acción en el derecho y la justicia asistían al Perú en la guerra del Pacífico. Roque Saenz Peña cayó herido en la batalla de Arica, luego estuvo preso en Chile y se negó a firmar un escrito en el que a cambio de su libertad debía renunciar a luchar alguna vez contra el ejército chileno. Luego de gestiones diplomáticas se logra su libertad y su regreso a la patria argentina. Allá el Congreso de su país le devuelve la nacionalidad.

Debo reseñar las palabras que pronunciara el General Saenz Peña cuando en 1901 agradeció la Medalla de Oro que el Congreso del Perú le otorgara como sobreviviente de la Batalla de Arica y que lo pintan de cuerpo entero, dijo: “Ofrecí al Perú lo único que tenía, mi caballo, mi espada y mi vida. El caballo me lo mataron en la refriega; la espada se desprendió de mi brazo con la herida final; y mi vida… Mi vida, no la quiso el Perú, me la devolvió en Arica, o por orgullo nacional, porque quería que solo sangre peruana regara el morro, o porque pensó, que era necesario que quedara en pie, un testigo imparcial del heroísmo de sus hijos.”

Parece ser que este es el discurso completo. Pero aún falta cruzar alguna información para confirmarlo. Lo encontré aquí http://www.loscuentos.net/cuentos/link/533/533133/ y lo crucé con el “Discurso de orden en homenaje al señor general don Roque Sáenz Leña Lahitte, al cumplirse 100 años de su fallecimiento” de Luís Palomino Rodríguez de agosto de 2014, que contiene algunos fragmentos del mismo.

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(1) Historia de la República 1921 – 1982 de Enrique Chirinos Soto. Segunda Edición – Editorial Minerva

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